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Mis reflexiones sobre las ventajas de la música “a capela”.

1. Trasciende lugar y cultura. Cualquier iglesia en cualquier parte del mundo puede cantar.

2. Trasciende la época. Siempre, en cualquier época pasada o futura, es posible cantar.

3. Trasciende estructuras y especializaciones. Cualquier persona puede cantar. No hace falta ningún entrenamiento especial, ni se requiere ninguna habilidad particular.

4. En el sentido más bíblico, transmite mensaje sin acondicionamientos. Cantar es como hablar entre nosotros, enseñarnos, aconsejarnos, consolarnos unos a otros (Efesios 5:19, Colosenses 3:16).

En el sentido más bíblico, es una expresión excéntrica de nuestra fe porque 

5…En contraste a nuestros contextos seculares que valoran el profesionalismo y la belleza externa de las producciones musicales, el canto sólo requiere “melodías en el corazón” (Efesios 5:19).

6. Busca complacer directamente al Señor y no a una audiencia humana, lo cual es el objetivo de la música secular (Efesios 5:19).

7. Es netamente espiritual, pues no requiere ningún recurso de talento humano. Dios recibe el canto de corazón así venga del músico talentoso, o el del neófito que desentona y no sigue el compás.

8. Destaca la importancia del mensaje-palabra-de-Dios que no requiere de habilidad, pericia o genio humano.

La pregunta que, a mi parecer, debemos plantearnos respecto al uso litúrgico de los instrumentos musicales por parte de la iglesia primitiva es la siguiente: ¿Porqué y qué significan estos datos?

 

(1) Los 27 libros del NT cubren aproximadamente los primeros 60 años de la historia de la iglesia en un territorio que se extiende desde Jerusalén hasta Roma. Se desarrollaron entonces tanto iglesias rurales como iglesias urbanas y el crecimiento de la fe fue exponencial. Pero no existe evidencia alguna de que aquellos cristianos hubieran usado litúrgicamente los instrumentos. Solamente se menciona el canto.

(2) La literatura cristiana post apostólica que cubre una inmensa diversidad de temas y experiencias de la iglesia en aquel periodo, tampoco presenta evidencia alguna de que las distintas iglesias en ninguna parte de la cuenca mediterránea hubieran usado instrumentos en sus liturgias. Solamente se menciona el canto. Puede consultarse el libro: Music in Early Christian Literature (Cambridge Readings in the Literature of Music) por James W. McKinnon. Este libro compila más de 400 citas sobre la música en la literatura cristiana temprana hasta el año 450 d.C.

(3) El canto como aspecto característico de la expresión cristiana de la fe es tan notorio que Plino, gobernador de Bitinia, reportó a Trajano en 112 d.C que los cristianos, «tienen por costumbre reunirse un día determinado, al amanecer, para – carmenque Christo quasi deo dicere secum invicem (decir que Cristo es Dios en cada canción).»

(4) El cristianismo nació y se desarrolló en una cultura musical como se aprecia en las Escrituras hebreas y en el extenso uso de instrumentos musicales en funerales, comidas, y otras ocasiones sociales. Consecuentemente, el silencio de las fuentes respecto a la música instrumental en la liturgia no obedece a factores culturales.

(5) El cristianismo pronto entró en contacto con diversas culturas cuyas convicciones religiosas incluían la creencia de que la música instrumental era placentera a los dioses (Quasten, Music and Worship in Pagan and Christian Antiquity, p. 1) e incluso útil para invocar su presencia y expulsar demonios (ibd. 15-17). Puesto que muchos cristianos llegaron a la iglesia provenientes de ese medio, el dicho silencio de las fuentes no resulta del desconocimiento del uso cultual de la música instrumental.

(6) Los cristianos pronto se identificaron como el pueblo nuevo de Dios, herederos del pacto nuevo de Dios, mejor y permanente. Consecuentemente, el silencio de las fuentes no se debe a la herencia de la liturgia en la sinagoga.

(7) Los cultos paganos, acompañados de instrumentos musicales, eran generalmente mágicos, sensuales y engañosos. Por supuesto los escritores líderes cristianos denunciaron esas prácticas, pero no hay evidencia de que tales denuncias estén relacionadas con el uso de música a capela en las iglesias. Consecuentemente el silencio de las fuentes no se debe a la polémica con los cultos paganos.

(8) Ni los escritores bíblicos, ni las primeras fuentes del periodo post apostólico hablaron peyorativamente de la música instrumental ni del arte como tal. Al contrario, usaron conceptos musicales para ilustrar sus exposiciones (v.g. I Corintios 14, la adoración celestial en el Apocalípsis, la definición agustiniana de la música como «técnica bien mesurada» –ars bene modulandi– Wiser Than Despair: The Evolution of Ideas in the Relationship of Music and the Christian Church, Quentin Faulkner, p. 75). Por consiguiente el silencio de las fuentes más tempranas no se debe a las influencias ascéticas y neoplatónicas de la cultura helénica, presentes ya en épocas más tardías.

(9) Escritores de la talla del compositor y musicólogo Egon Wellesz sostienen que el uso de órganos y otros instrumentos estaba prohibido en las iglesias (A History of Byzantine Music and Hymnography, Egon Wellesz, p32)

(10) En este gran contexto encontramos las alusiones paulinas al canto, con su énfasis particular en el mensaje y la peculiar expresión “adontes kai psallontes tes kardia humon to kurio» (cantando y “haciendo música” en sus corazones al Señor) –Efesios 5:19).

¿Tiene algo que ver el reino de Dios con los gobiernos de la tierra? ¿Es el reino de Dios según la Biblia la iglesia que acata la voluntad de Jesús? ¿Es el estado celestial después de la muerte? ¿Consiste la obra redentora de Cristo únicamente en el perdón de los pecados de los individuos creyentes y en la salvación individual de sus almas?

 

Con frecuencia varios estudiosos de la Biblia responden a estas preguntas afirmativamente. Sin embargo, hace falta leer un poco más cuidadosamente la Palabra de Dios. El contexto en el cual irrumpe, primero en las profecías y finalmente en la presencia de Cristo y en la proclamación de la iglesia primitiva, la enseñanza bíblica del reino de Dios es la historia de salvación que comienza en Génesis 1. 

 

El mal entra en el mundo armónico y fértil que Dios creó; y en esa creación buena (Gn. 1:31) aparecen arrolladoras la maldición, la corrupción, el caos y la muerte (Gn. 3:17, Romanos 8:20, 5:12-21). Desde aquellos tiempos remotos toda la humanidad ha vivido permanentemente amenazada y dominada por la fuerza del mal que implacablemente conduce a la muerte (Rm 6:23, He. 2:14, 1 Juan 5:19, Efesios 2:1-2). Bajo el peso de semejante opresión, desfalleciendo y angustiados, los creyentes elevan su clamor a Dios, y Él responde con promesas de redención. Dios reina, y su poderoso brazo liberador invadirá en breve la tierra para restaurar la bondad, la justicia y la paz que se perdieron al principio. Esta es la esperanza del reino de Dios. 

 

Durante la vida misma de muchos creyentes en varias ocasiones se manifestó el poder redentor de Dios en forma temporal y limitada. La liberación de Egipto, por ejemplo, fue un momento cumbre en la historia del antiguo Israel. Pero luego, de muchas maneras y en muchas otras ocasiones, los israelitas experimentaron salvación al triunfar sobre sus enemigos o ser librados de peligros, enfermedades y otros males. Todos estos ejemplos, sin embargo, eran solo signos que apuntaban hacia una redención final y completa.  Al fin y al cabo, el Dios de Israel, era el mismo que al principio había puesto orden, armonía y vida en la tierra caótica y vacía (Gn. 1:1-2) y que, cuando creció desmedidamente la maldad en el mundo, salvó a ocho fieles mediante un diluvio global, justiciero y purificador (Gn. 6ss)

 

El momento llegó y ante la mirada perpleja de unos cuantos pobres y marginados israelitas en el primer siglo el poder liberador de Dios fue desplegándose majestuosamente, de la manera más inesperada. Un humilde carpintero, conectado con Dios como jamás lo había estado nadie, iba derrotando una tras otra todas las amenazas que nos oprimen. Él no usaba ninguno de los recursos que comúnmente usan los poderosos de la tierra; simplemente armado de amor, fe, sumisión al Padre y Palabra, sometía todos los demonios. Finalmente ocurrió la cosa más sorprendente del mundo. Como oveja al matadero, se sujetó al Padre haciéndose obediente hasta la muerte de cruz (Hechos 8:31-33, Filp. 2:7-8); pero cuando ya las esperanzas de todos estaban perdidas, resucitó de entre los muertos, aplastando al último y mas temible de todos nuestros enemigos.

 

No cabía duda. La hora había llegado. Por fin había venido el Salvador del mundo y estaba en el trono, por encima de toda potestad (Ef. 1:20-21). El tiempo de la restauración de todas las cosas es ahora (Hech. 3:21).

 

En tiempos bíblicos era común asociar los poderosos con «dioses», ángeles o principados y potestades espirituales. De hecho, los emperadores romanos asumían que eran «dioses» igual que ocurría en otros pueblos y culturas. Afirmar que Jesús está por encima de todo principado espiritual, equivale a decir que él está en total control de los gobernantes de las naciones y de cualquier tipo de «dios», ángel o poder espiritual que lo respalde. Todos los gobernantes de las naciones son regidos por Cristo, con el mismo poder con que él resucitó de los muertos. Por consiguiente la iglesia primitiva proclamó con palabras y con hechos convertidos en realidades tangibles en el seno de sus propias comunidades la inauguración de la era final, el surgimiento de un nuevo mundo, la restauración del propósito original de Dios, el retorno a los fundamentos de la creación. Y los creyentes lo hicieron, SIN TEMOR A NINGÚN ENEMIGO, ni aún al más temible, a la muerte, porque sabían que la muerte había sido sorbida por la vida (1 Corintios 15:54-55). Ellos eran conscientes de que el reino de Dios había invadido el viejo mundo, y se alistaron como soldados valientes bajo la dirección absoluta del REY. Esa fue su conversión.

Desde muy tempranas épocas, y a lo largo del desarrollo de las doctrinas cristianas, el tema de la participación del hombre en la naturaleza divina ha sido objeto de amplias discusiones y especulaciones. Clemente de Alejandría (150 a 216 d.C) fue el primero en aplicar el término “deificar” (theopoien) para referirse a la finalidad de la salvación. Gregorio de Nacianzo (329-389 d.C), por su parte, fue quien inauguró el término “theosis“, el cual llegó a ser el punto central de muchos debates subsiguientes. Sin entrar en detalles de las numerosas e intrincadas discusiones que desde entonces se han suscitado en diversos círculos cristianos respecto a este asunto necesitamos hacer aquí seis observaciones importantes.

 

Primero. Las elaboraciones que sobre el tema hicieron los llamados “padres de la iglesia” y que luego tomaron mayor cuerpo entre los ortodoxos orientales heredaron una fuerte influencia griega, ausente en los escritos del Nuevo Testamento. De hecho en el NT no se habla de deificación, ni se usan los términos “theosis” o “theopoien“. Sin embargo, entre los griegos antiguos, así como entre los latinos, caldeos y egipcios, la divinización de los poderosos y virtuosos era una idea comúnmente aceptada. De ahí las ceremonias de apoteosis en dichas culturas.  No es de extrañar, pies, que pensadores cristianos, empapados todavía de su cultura y filosofía hablaran de la esperanza del evangelio como una theosis o  deificación de los creyentes.

 

Segundo. La Biblia mantiene claramente su enseñanza respecto a la trascendencia de Dios. Él es completamente otro. Él ha compartido con nosotros rasgos de su naturaleza como su amor, conocimiento, libertad, etc., pero eso no nos hace dioses. La creación en el marco bíblico es un acto libre, soberano, y externo de Dios. Todas las cosas y todos los seres fueron creados por Dios y permanecen fuera de él y completamente sujetos a Él. Ni las cosas, ni ninguno de los seres que existen por voluntad de Dios son extensiones o emanaciones de Él. La Biblia no enseña ningún tipo de panteísmo. El hombre fue creado imagen de Dios, pero no es Dios. Es ícono de Dios, pero no ser divino. El evangelio, nos abre la oportunidad de recobrar ese privilegio en plenitud, mas no nos deifica. Por medio de Jesucristo, Dios nos hace partícipes de su naturaleza, es decir, comparte con nosotros su gracia redentora, su conocimiento, su santidad, su vida eterna, y nos recibe en su seno como hijos, haciéndonos semejantes a Él, pero no con ello nos convierte en seres divinos. 

 

Tercero. Según la Biblia el gran problema humano es que Adán y sus descendientes, no conformes con ser ícono de Dios, queremos ser nosotros mismos Dios. Esta fue la fatal ilusión que acarreó la gran caída causante del caos cósmico, del que Dios nos quiere rescatar. No contentos con ser representantes de Dios en el gobierno de la creación, queremos ser gobernantes autónomos con los mismos poderes de Dios. De hecho en la descripción Bíblica de la tentación adámica ocupan un lugar central la serpiente y la mujer, símbolos precisamente del poder mágico en las religiones paganas. La armonía o “el descanso” de la salvación no se logra mediante el ejercicio del poder autónomo por parte del hombre, ni con la deificación de las criaturas, sino mediante la completa sujeción de la criatura a su Creador. Por eso, la frase del autor y consumador de nuestra fe debe convertirse en nuestro lema: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Por consiguiente, ser participantes de la naturaleza divina no implica ni garantiza en manera alguna que tengamos poderes sobrenaturales autónomos.

 

Cuarto. El milagro no es prerrogativa nuestra sino de Dios. Por ejemplo, si Él quiere sanar, sana. Si quiere hacerlo mediante procesos extraordinarios, lo hace. Pero igual si  decide usar procesos «normales», como por ejemplo las manos de un cirujano o el efecto de un medicamento; lo hace. Desde la perspectiva bíblica tanto la obra extraordinaria como los fenómenos comunes y cotidianos son actos de Dios. Todo está en sus manos y depende de Su Voluntad soberana. Las cosas que hoy nosotros tratamos de explicar mediante relaciones de causa y efecto en el plano físico, son según la Escritura obra de Dios. No por tomar un medicamento, deja de ser obra de Dios la recuperación de un enfermo. ¿Puede Dios sanar sin el recurso de ningún medicamento? ¡Claro que sí! Pero no por ello la sanidad que nos llega por medio de algún remedio es menos obra de Dios. Cuando los cristianos damos gracias a Dios por una persona que salió bien del hospital, creemos firmemente que fue Dios quien la sanó. 

 

Quinto. «Ser participantes de la naturaleza divina» es la intención cierta de las promesas que hemos recibido. Notemos que Pedro no dice que somos o hemos llegado a ser participantes de la naturaleza divina, sino que se han «dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina». Para que tal cosa suceda es necesario huir de la «corrupción que hay en el mundo». Los creyentes participamos ya de algunos rasgos de la naturaleza divina, pero todavía esperamos la consumación plena de las promesas que hemos recibido. Veamos lo que enseña la Biblia:

 

  • Hemos recibido la semilla de una vida totalmente nueva, la vida eterna (Juan 1:12, 1 Pedro 1:23).
  • Tenemos el Espíritu Santo que mora en nosotros, lo cual significa la morada de Dios en nuestro interior (Hechos 2:38, 5:32, I Corintios 6:19, Gálatas 4:6).
  • Vivimos conforme al Espíritu y «la ley del Espíritu de Vida nos ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Romanos 8:1.2.9).
  • Ya no vivimos nosotros, sino Cristo vive en nosotros (Gálatas 2:20).
  • Estamos revestidos de un «nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad» que «se va renovando hasta el conocimiento pleno» (Efesios 4:24, Colosenses 3:10). 
  • «Somos hechos participantes de Cristo» y del Espíritu Santo (Hebreos 3:14, 6:4) 
  • Somos permanente transformados «de gloria en gloria… como por el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18).
  • Dios nos disciplina para que participemos de Su Santidad (Hebreos 12:10)
  • Cristo va siendo formado en nosotros (Gálatas 4:19). 
  • El Espíritu Santo vivificará nuestros cuerpos mortales (Romanos 8:11). 
  • Llevaremos la imagen del hombre celestial, Cristo, cuando nuestros cuerpos sean transformados en la resurrección (1 Corintios 15: 49, 51). 
  • «Cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1Juan 3:2)

 

Sin embargo, ninguna de estas cosas nos hace divinos.

 

Sexto. El poder de Cristo es divino (2 Pedro 1:3) puesto que Cristo es Dios (1 Pedro 2:1). Mediante el conocimiento de Cristo, los apóstoles recibieron «todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad». Notemos el contraste entre la primera y la segunda persona del plural en estos versículos. En el verso 1, la fe de los lectores (habéis –2da. Persona– alcanzado… una fe) es igualmente preciosa que la de los apóstoles (la nuestra –1ra. Persona: la de Pedro y los demás apóstoles). En el verso 3 los apóstoles recibieron «todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad» («nos han sido dadas –1ra. Persona–» – ver 1:16-18 y Juan 16:13) para que los lectores llegasen a ser participantes de la naturaleza divina (llegaseis –2da Persona–). Por eso, según el verso 5 también los lectores debemos añadir a la fe virtud, a la virtud conocimiento… etc. También Pedro nos pide a los lectores que «tengáis –2 Persona–memoria de las palabras que antes han sido dichas por los santos profetas, y del mandamiento del Señor y Salvador dado por vuestros apóstoles» (2 Pedro 3:2).

Partamos de una definición sencilla. Digamos que un milagro es un acontecimiento portentoso que, a los ojos de quienes lo presencian, carece de explicación y aparece como una interrupción de los procesos naturales a los que están acostumbrados. En la Biblia estos portentos y maravillas se nos presentan como intervenciones soberanas del Creador, desde cuyo punto de vista, por supuesto, nada es extraordinario. Los escritores bíblicos reconocen que en el hueco de su mano está el universo (Is.40:12) y que Él estableció todas las leyes que lo rigen (Jeremías 31:35-36). Aunque los tiempos han cambiado y hoy contamos con teorías y métodos científicos para explicar los diversos fenómenos que observamos en la naturaleza, aún en nuestros días  tenemos que ser conscientes de las limitaciones de la ciencia y de lo mucho que queda por descubrir y entender.

Los ateos creen que Dios no existe; que la materia y la energía son eternas; y que todo es un sistema cerrado, “mecánico”, de causas y efectos que se regulan autónomamente a sí mismos. Los cristianos por otra parte creemos que Dios, que es espíritu, es eterno, y que Él creó con inteligencia todo lo que hay (Colosenses 1:15 y siguientes). Creemos que Dios tiene planes y propósitos para su creación, y que la sustenta y dirige de manera soberana. Es decir, creemos que Él interviene desde afuera en los procesos naturales que Él mismo creó. Sin embargo esto no significa que Dios actúe caprichosamente alterando constantemente las leyes y límites que él mismo estableció (Jeremías 31:35-36, Salmos 104).

A diferencia de otros relatos antiguos, producto de la religiosidad mágica de los pueblos primitivos, en la Biblia la naturaleza no surge de accidentes o pasiones en el mundo de los dioses. Al contrario, todo lo que existe es resultado de palabra-razón de Dios, su logos eterno (Hebreos 11:3, Juan 1:1-3). Sobre esta base, se establecen desde el Génesis los términos de nuestra relación con Dios. Adán y Eva, recién despertados a la consciencia humana reciben de Dios la comisión de ser sus representantes en la tierra, ejerciendo como tales control sobre ella (Génesis 1:26-29). Esto, por supuesto, asume la mediación de la palabra, razonable, comunicadora y creativa, en un mundo a su vez razonable y predecible. Por eso, desde la perspectiva bíblica, la historia transcurre en torno a la relación dialéctica entre el hombre que se rebela contra la misión que Dios le ha encomendado y Dios que busca rescatarlo con su Palabra del caos que él mismo crea con su rebeldía.  Este conflicto (amor vs. odio) ocurre generalmente en el marco de los procesos naturales “normales” y del devenir histórico social cotidiano, y no en el mundo mágico imaginado por las religiones primitivas. Pero Dios interviene portentosamente en los momentos cruciales del desarrollo de su plan salvífico, el cual es el hilo que une la meta narración que proponen las sagradas Escrituras.

Estas intervenciones portentosas de Dios se llaman “señales” (sucesos significantes) en la Biblia. Dios, por ejemplo, marcó el significado de la emancipación de los esclavos israelitas en el siglo XVI a.C. (?) con una serie impresionante de señales portentosas, adecuadas para enseñarle al pueblo naciente la relativa insignificancia de sus opresores y de los sistemas religiosos, políticos y sociales que les prestaban validez (Éxodo 4:8-30, 7:3, 8;23, 10:1 y 2, 13:9, Nehemías 9:9-15, Salmos 78:40-43). De igual manera la venida y ministerio de Jesús y los comienzos de su iglesia están marcados por diversos hechos portentosos que ilustran, sustentan y orientan la fe que hemos abrazado quienes creemos en la irrupción de una nueva era radicalmente distinta e innovadora a partir de los sucesos acaecidos en torno a Jesús en el siglo I de nuestra era (Juan 3:2, 5:36, 20:30-31, 1 Corintios 15:14, 2 Corintios 12:12, Hebreos 2:4).

Los milagros-señales en la Biblia acompañan los grandes momentos de la revelación histórica a Dios. El Dios de la Biblia se da a conocer en los procesos redentores que ocurren en el devenir de sus escogidos. Él es Dios que hace alianzas con su pueblo encaminándolo hacia la culminación pro-puesta de los tiempos. Así que la demostración implicada en sus intervenciones no es únicamente evidencia factual de su existencia o poder, sino también descubrimiento de su amor y de sus misterios. El milagro es mensaje revelador (señal orientadora) acogido y entendido por la comunidad que surge de las gestas históricas del Redentor. Por otro lado, para concluir esta breve reflexión, tomemos nota de que el “milagro” aislado, a-histórico, desconectado del hilo redentor que seguimos a lo largo de más de 1500 años de narrativa bíblica no pertenece a la fe cristiana auténtica, sino al mundo de la magia y del engaño (Exodo 7:11-12. 12. 8:7.18, Mateo 7:21-23, 2 Tesalonicenses 2:7-11,  Apocalípsis 13:11-14).

Dios Creador

Lo primero que leemos en la Biblia es que Dios «creó los cielos y la tierra» (Génesis 1:1). Ésta es una afirmación única y sorprendente. Rodeados por pueblos acostumbrados a relatar sus propias versiones de los orígenes de todas las cosas desde el politeísmo, el dualismo, el caos primigenio. los elementos básicos, las aguas primordiales, o el panteísmo; los creyentes bíblicos afirmaron que existe un solo Dios y que Él creó todo cuanto existe. Esta convicción es básica respecto al resto de la enseñanza Bíblica. Sólo un Dios creador único, puede ser el Dios de la fe que proclama la Biblia.

A medida que fue pasando el tiempo los distintos escritores bíblicos siguieron reiterando y ampliando su fe Dios, El Creador. Juan 1:1-3 comienza el relato del evangelio acerca de Jesús con una afirmación directa de la fe en Dios como creador de todo lo que existe. De la misma manera, el escritor de los Hebreos plantea esta afirmación como fundamento de la enseñanza cristiana (Hebreos 11:3). El último libro de la Biblia lo repite también (Apocalipsis 4:11). Antes que Dios no había nada. Todo lo que existe empezó en el momento en Dios hizo que existiera.

El mundo fue creado por Dios, distinto y separado de Él. No es algún tipo de prolongación o emanación de Dios como algunos antiguos solían creer. La naturaleza es buena porque Dios la hizo así y declaró que lo era. Nosotros admiramos, valoramos y respetamos la naturaleza como una obra maestro del Creador; pero no la veneramos ni le atribuimos poderes mágicos. Con confianza creemos que podemos usar, administrar, y beneficiarnos de las cosas creadas. pues así nos ha instruido Dios. Pero reconocemos que nada de lo que existe es nuestro y que somos responsables ante el creador por la forme que usemos los recursos que Él no ha dado.

Por otra parte creemos que el ser humano también fue creado por Dios. No somos dioses pequeños, ni aparecimos por extensión de Dios. Él nos formó por su pura voluntad. Nada del ser humano o de la creación es inherentemente malo. La maldad ocurre cuando un ser libre escoge ir en contra del diseño de Dios, formando su propio mundo de oscuridad y desamor.

Varios textos en el Antiguo y el Nuevo Testamento dan testimonio de la fe en la doctrina de la creación (Deuteronomio 4:32, Amos 4:13, Jeremías 10:12, 27:5, Isaías 40:26-28, 43:1-7, 45:8-18, 54:16, Marcos 13:19, Hechos 4:24,  Romanos 1:25, Colosenses 1:15-17).

 

Trascendencia de Dios

Trascendencia es un término de origen latino que significa «ascender más allá», sobrepasar, exceder los límites. Cuando decimos que Dios es trascendente, nos referimos a que Él está totalmente por encima de todo lo creado. No está sujeto a ningún limitación alguna. Él absolutamente independiente y está más allá de todo lo que existe.

Podemos hablar de la trascendencia de Dios en dos sentidos. En el sentido ontológico, el ser de Dios es completamente distinto a todo otro ser. No hay nada de criatura en el Creador. Es y será siempre «otro» inescrutable. Por lo tanto, epistemológicamente Dios excede también toda nuestra capacidad de conocimiento. Ninguna criatura puede abarcar a Dios con su conocimiento de criatura. Dios es misterio. Èl lo sabe todo, nosotros únicamente  podemos saber parte. Dios es totalmente puro, nosotros somos pecadores. Dios solo desea lo justo y bueno; nosotros deseamos con frecuencia lo malo y nuestros afectos son una mezcla de cosas buenas y malas.

Los escritores bíblicos captaron esa trascendencia de Dios, por ejemplo, con relación al tiempo. Dios es antes de la creación (Salmos 90:2). También percibieron su trascendencia respecto al espacio. El universo no lo puede contener (1 Resyes 8:27). Dios es santo (Oseas 11:9, Salmos 30:4). Él es exaltado y altísimo (Salmos 113:5-6, Isaías 55:8-9). Isaías habló tanto de la trascendencia como de la inmanencia de Dios (57:15).

El deísmo lleva la trascendencia de Dios a un extremo errado. Dios, en esta filosofía, es el Creador que se mantiene lejos y desconectado de su creación. Según los deistas, Dios creó un universo que se mantiene sólo. Él no está presente en las cosas que pasan acá abajo.

La enseñanza sobre la trascendencia de Dios tiene sus implicaciones. En primer lugar, el hombre no representa el máximo valor. Dios, el Creador, quién está muy encima de todo es el que da valor. Sin Dios no tiene sentido tratar de articular de manera alguna la valoración humana. Tal vez por eso, los movimientos humanistas modernos fracasan a la hora de establecer una ética y un orden basados en el valor del hombre. Sin un Creador, el hombre no es más que polvo cósmico.

Por otra parte, el entendimiento humano jamás podrá comprender la totalidad de Dios. Lo que Dios es y lo que Dios haca estará siempre plagado de misterios. Además los humanos nunca podremos conocer a Dios a partir de nuestra propia inteligencia. Lo que sabemos de Dios se lo debemos al hecho de que Él nos lo ha revelado. Si Dios no nos revela quién es él y cuál es su voluntad, nosotros permanecemos en la oscuridad. También es cierto que al amparo de nuestros propios recursos, nunca podremos acercarnos a Dios. Él es totalmente distinto y además es completamente justo. Sólo podemos acercarnos a Dios en la medida en que él se nos acerca. Él puede descender  hasta nosotros, pero para nosotros es imposible ascender a Él. Sólo él puede llevarnos consigo (Juan 14:1-6).

El hombre es criatura y Dios es el Creador. El hombre no tiene nada dios, cómo enseñan algunas religiones. Jesús es Hijo de Dios, porque descendió del Padre, estaba con el Padre desde el principio y es uno con el Padre (Juan 1:1, 3:12-13. 14:8-9). Nosotros somos hijos de Dios, porque somos criaturas suyas. Somos obra de sus manos, no la «imagen misma de sus sustancia» (Hebreos 1:1-3). Sólo podemos ir al Padre, por medio del Hijo (Juan 14:6).