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Is God still working?

On my recent trip to Bogotá, Colombia, where I went to encourage church leaders to enroll in a free panoramic study of the Bible prepared by Dr. Dan Coker, I was tremendously blessed as I begun to realize day by day how much God has been dealing with the church in this huge metropolitan city. The following video captures some of the outcomes and observations made during the trip.   

 

Quizás la declaración bíblica más elocuente de la relación que existe entre los seres humanos y nuestro planeta es el hecho de que el hombre fue hecho de tierra. Aquí vivimos y compartimos minuto a minuto la misma suerte. Lo que hacemos repercute en la tierra y lo que le pasa a la tierra golpea nuestra vida. Desde el principio la vieja historia bíblica nos advierte sobre el deber de vivir responsablemente en este planeta que Dios nos ha encargado. La siguiente presentación muestra fotos de una granizada sin presedentes en la ciudad de Bogotá, Colombia, atribuida por varios científicos a los cambios climáticos relacionados con el calentamiento del planeta, fenómeno estrechamente relacionado con los patrones del comportamiento de las sociedades modernas. La granizada cayó el pasado cuatro de Noviembre.

La cuestión del poder

De cuando en cuando surgen en el horizonte de nuestras iglesias discusiones y comentarios sobre temas tales como la tecnología, las estrategias, los métodos, o la planeación. Entonces nuestras reacciones con frecuencias reflejan sentimientos opuestos de desconfianza y optimismo. Si planificamos, ¿no estaremos desconfiando de la providencia divina? Si diseñamos métodos, ¿no estaremos menospreciando el poder de Dios? Si echamos mano de las tecnológicas disponibles, ¿no le estaremos faltando al Espíritu Santo? Detrás de todas estas preguntas y sentimientos, yace la ambivalencia fundamental que nos plantea el asunto del poder del hombre. En el fondo, toda planeación, metodología o tecnología responde a una búsqueda de poder humano. Es nuestra respuesta frente a una situación que pensamos que podemos cambiar. Así pues, en realidad, para nuestra ética cristiana, la cuestión fundamental se reduce a definir si el poder humano es una vocación divina o una comezón malévola de nuestro corazón rebelde. Este asunto no debe tratarse con ligereza porque afecta todos los aspectos de nuestra vida cristiana.

               

Desde el principio del Génesis encontramos ya las tensiones planteadas por la ambivalencia del poder. Así en 1:26 leemos que el Señor al crear al hombre (varón y hembra) le encargó el dominio de Su creación. Sin más preámbulos, Moisés trazó en la primera página de su libro, a partir del inicio de la existencia humana, lo que sería la vocación de hombres y mujeres por todos los milenios que habrían de transcurrir. Antes que nada, el hombre fue creado ser-destinado a vivir como sujeto del mundo: hombre o mujer que ejerce poder, usa, crea y transforma la naturaleza. Sin embargo el Génesis circunscribe esta vocación divina dentro de dos grandes parámetros. Primero, el hombre debe ejercer su poder como imagen de Dios, es decir, como su representante en la creación. Y segundo, su acción debe ser comunicativa y solidaria, puesto que desde el principio Dios los creó “varón y hembra.” De hecho, la organización humana fundamental es la familia, núcleo esencial y representativo de la unidad que caracteriza al Dios trino que dijo: “hagamos al hombre a nuestra imagen…” . Sin embargo, si seguimos leyendo el Génesis, pronto encontramos la ruptura radical de esta vocación original.

               

En el capítulo 3, Satanás invita a Eva a descubrir un conocimiento que le permitiría ser autónoma de Dios. Bajo la imagen de una serpiente, símbolo de poder bien reconocido en los rituales mágicos de las religiones paganas, el diablo le ofrece a la mujer, también portadora de secretos mágicos según las creencias paganas, la codiciable sabiduría que ofrece una vida sin necesidad de Dios. Trágicamente Eva, sin pensar en su deber sagrado, ni en sus responsabilidades familiares y solidarias, acepta el ofrecimiento del diablo y lo comparte con su marido, quién sigue también la pauta de su mujer. Ahí aparece una nueva percepción del poder, el conocimiento y la técnica. Estos se vuelven instrumentos mágicos en manos de hombres y mujeres que rechazan ser representantes de Dios en el mundo, y para quienes la solidaridad importa poco. Así pues, el Génesis nos presenta dos versiones del poder: poder como vocación original de Dios y poder como seducción engañosa del diablo. La primera nos lleva a la vida; la segunda, a la muerte.

       

Entre estas dos alternativas es que tenemos que escoger. Ser cristiano no significa cruzarse de brazos y renunciar al poder. Una persona espiritual no es alguien que ni toma iniciativas, ni planea, ni usa las tecnologías, esperando siempre que Dios lo haga todo por él o por ella. La espiritualidad consiste en rechazar cada día la seducción del diablo a usar el poder con independencia de Dios, de la familia y de los demás; para reencontrar nuestra verdadera vocación humana como imagen de Dios, UNO y solidario. Esta vocación es la que debe marcar la pauta de todo lo que hacemos. Debe ser la directriz de nuestra acción evangelística, de la formación de nuestras iglesias, de nuestro desempeño laboral y de nuestra participación política. Es el destino y el derecho que nos fue conferido por creación. Ser redimidos, en sentido evangélico, significa ser liberados de la opresión diabólica que con engaños nos ha convertido en objetos, ya de nuestros propios deseos insaciables, ya de los proyectos avaros de otros.

La evangelización es ante todo una labor que se realiza de persona a persona. Uno le cuenta la noticia a otro. Pero el impacto final de aquella labor personal lo determina en gran parte la iglesia local, porque es allí donde el que escucha el mensaje irá a ver lo que significa realmente la noticia en la vida de una comunidad. En la siguiente presentación se demuestra que la vivencia de la fe es el punto de partida para formar comunidades-iglesia desde donde se pueda realmente evangelizar en el siglo XXI. En mi sitio en iTunes esta presentación está disponible como un videocast de 16 minutos con la narración incluída. Se puede bajar, ver y oír desde iTunes gratuitamente. Por supuesto, también la puede descargar en su iPod.

Cuando estaba dando mis primeros pasos en la fe de Cristo, allá por los años setenta, en Santafé de Bogotá, Colombia, me encontraba con frecuencia entusiastas ateos que ufanamente declaraban su escepticismo ante lo que ellos consideraban la irracionalidad de la fe. En aquellos días leí con avidez el libro traducido por Juan Antonio Monroy “Razón, ciencia y fe” de J. D. Thomas. Había que encontrar respuestas a los punzantes cuestionamientos de los ateos. No querían creer. Todas las afirmaciones de la fe les parecían necedades ridículas de los que “por pura ignorancia optábamos por la religión.” Supongo que aquellos eran los últimos vestigios de una efímera era de incredulidad. Hoy vivo en Dallas, en medio de una sociedad tecnológicamente sofisticada, donde el torrente de información es abrumador, y con sorpresa observo que la gente ha dejado de ser incrédula. Ahora se lo creen todo, ¡cualquier cosa!

               El reto actual para los que evangelizamos no es que la gente piensa y pregunta mucho. Es que no piensa, ni pregunta; simplemente cree. Ya a principios del siglo pasado, observaba con atino Gilbert Keith Chesterton, prolífico escritor y apologista inglés que “desde que los hombres han dejado de creer en Dios, no es que no crean en nada, creen en todo.” La nuestra es una generación de gente ávida de trascendencia y de fe. El problema es que habiéndole dado la espalda al Dios verdadero y a su Palabra revelada, no tienen manera de constatar si su fe es verídica o no. Pero no les importa. Creen porque necesitan creer.

                Muy distinta fue la experiencia evangelística del apóstol Pablo en el primer siglo. Con frecuencia su punto de partida era el encuentro con los congregados en la sinagoga en torno a la Escritura. Había un punto de coincidencia. Todos creían que las Escrituras eran fidedignas. Lucas incluso nos cuenta que cuando Pablo y Silas llegaron a Berea encontraron a unos judíos de “sentimientos más nobles que los de Tesalónica, de modo que recibieron el mensaje con avidez y todos los días examinaban las Escrituras para ver si era verdad lo que se les anunciaba” (Hechos 17:11).

                 En la actualidad son pocos los que están dispuestos a indagar y confirmar sus creencias. No quedan muchas “Bereas” en el mundo. Frente a los afanes y la agitación de la vida moderna, la gente ha optado por una solución pragmática: Hay que creer, no importa en qué; pero hay que creer. Por eso han proliferado toda clase de especulaciones metafísicas, mágicas, esotéricas y espiritistas. Han surgido un sin número de sectas y de escritores y “maestros ascendidos” cuyas obras  fácilmente se convierten en best sellers. El hombre de hoy consulta el horóscopo, aprende budismo, lee a Conny Mendez, se interesa por el ocultismo, acepta la quiromancia, reza, cree en ángeles y espíritus; pero nunca se le ocurre pensar si es verdad lo que cree. Muchos leen la Biblia; pero solo para mitigar su sed de creencia. Realmente no están dispuestos a preguntarse con seriedad: ¿Es la Biblia en verdad la Palabra de Dios? Así pues, el gran reto para la evangelización actual es conducir a Jesucristo a toda esta gente crédula, que en su sed de misterio y trascendencia fácilmente se mueve de acá para allá, sin otra brújula que su propio vacío espiritual. 

Evangelizar es

Evangelizar es una tarea urgente para la iglesia hoy en día. En un ambiente secularizado y con frecuencia hostil, la gran comisión adquiere un tono aún más apremiante. Sin embargo, precísamente por tratarse de comunicar el evangelio en medio de la apatía y la desconfianza que caracteriza nuestras sociedades modernas, se hace absolutamente necesario que nos preguntemos si entendemos correctamente lo que significa evangelizar. Muchas veces los cristianos hemos asumido que evangelizar es comunicar ideas o doctrinas. La siguiente presentación nos invita a replantearnos esa definición. Ahí se postula el testimonio de la presencia de Dios en la vida de uno como elemento fundamental en la obra evangelística.

 ¿Qué nos impulsa en este mundo posmoderno a continuar hablando del evangelio? ¿Por qué queremos difundir por todos los medios posibles y de manera apremiante el mensaje de Jesús? Cualquier cristiano de seguro puede ofrecer varias respuestas convincentes a esta pregunta. Pero en estos días he pensado en el don precioso de la libertad. Ser humano es mantener en alguna parte de nuestro ser encendido el deseo de ser auténticamente libres. Todos los sistemas y regímenes opresivos y tiránicos del mundo han tenido que bregar a través de toda la historia con la incansable sed de libertad en el corazón de la gente. Quizás es por eso que el mensaje de Jesús siempre se abre paso en las situaciones más adversas y estériles. El tiene una poderosa palabra de liberación. Él es el verdadero camino hacia la libertad auténtica.

Realmente Jesús es el fundamento de cualquier libertad. Solamente su ejemplo y su enseñanza pueden garantizar la libertad verdadera. Pese a los descalabros del cristianismo institucionalizado, que en distintas formas se ha desviado de las pautas del Maestro, todos los logros que se han alcanzado en materia de libertades y derechos humanos descansan en la enseñanza de Jesucristo. Consideremos, por ejemplo, el siguiente párrafo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos:

“Sostenemos que las siguientes verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”

La fuerza de estos ideales descansa totalmente sobre el hecho de que existe de verdad un Creador, justo, misericordioso y bueno; tal como nos lo mostró Jesús. Si Jesús fuera falso y sus enseñanzas,  mentira; no habría verdades evidentes, ni derechos inalienables, ni motivos para luchar por proteger y promover la vida, la libertad y la felicidad de todos los hombres. Cualquier visión de una sociedad justa y libre para todos se derrumbaría (como se derrumbaron los sistemas totalitarios comunistas), si todos aceptáramos la idea de un mundo sin Dios.               

Niccoló de Machiavelli, en su tristemente famosa obra El Príncipe, formulaba su teoría política diciendo, entre otras casas: “triunfad aunque sea por los peores medios y acabarán por daros la razón.” En una forma cruda y espantosa, este filósofo y político del renacimiento, describe lo que deben ser las relaciones de los pueblos y el ejercicio del poder de los gobernantes en un mundo sin Dios. En su época, Machiavelli, se enfrentaba con la superficialidad y la hipocresía del cristianismo institucional. Frente a ello concluye que solo les queda a los gobernantes gobernar de la forma que sea. Hoy, vivimos en un mundo que prefiere no tomar en cuenta a Dios para nada. Muchos miran la Biblia con desprecio y consideran que las narraciones del evangelio son cuentos dulces para niños ingenuos. Sin embargo, tan pronto le damos la espalda a Dios, nos quedamos sin piso. Nos quedamos con un mundo más maquiavélico que Machiavelli.

Por eso, no cesamos de anunciar el evangelio. Nos esforzamos para darlo a conocer a cuantos podamos. Nos aferramos a creer en él y a vivirlo. Porque no queremos vivir sin libertad. Porque esperamos que, al sentirse asfixiados por la opresión, la gente de nuestro tiempo tenga el sentido común y la osadía para volverse a Jesús y alistarse en sus filas de liberación, que son la única esperanza.

Rodeados de máquinas y sofisticadas tecnologías podemos concluir que todo es en realidad mecánico y tecnológico. Ya en el siglo V a. C. Heráclito decía: “Todo fluye y nada permanece.” Heráclito era uno de tantos pensadores que creen que el universo es un sistema cerrado, regido por leyes o principios uniformes donde realmente no hay lugar para Dios. Todo lo que existe, siempre ha existido y se mantiene en un constante cambio ilimitado. El cambio, pensaba Heráclito, es armónico y racional, porque está regido por un cierto principio de orden natural, al cual él llamó el logos 

Heráclto, sin embargo, nunca pudo explicar satisfactoriamente de dónde viene la racionalidad. Y es que el raciocinio es un atributo eminentemente personal. Pero al partir exclusivamente de lo físico y mecánico la personalidad se desvanece convirtiéndose en una palabra sin sentido. Si todo lo que existe no es más que una gran máquina, ¿cómo pueden existir las personas? Las ideas de Heráclito, como las de todos los demás pensadores que, como él empiezan y terminan con lo físico, acaban negando, no sólo a Dios, sino al mismo hombre y sus vivencias diarias. Si absolutamente todo es mecánico, entonces la fe, el amor, la compasión, el derecho, la justicia, la esperanza y todas las demás cosas semejantes a estas son sencillamente mentira.  

En contraste con las enseñanzas de este antiguo pensador griego, los cristianos creemos que un ser inteligente y personal creó todo lo que existe. Él es primero y antes que todas las cosas. Él es un ser comunicativo, creativo y amoroso. Por eso, nosotros, que somos sus criaturas, también podemos relacionarnos con él, encontrarle sentido al mundo en que vivimos, y emprender la aventura de la inventiva y la novedad. Las primeras palabras del Génesis nos parecen patentes y cristalinas. “En el principio creó Dios los cielos y la tierra…” Esta es para nosotros una explicación suficiente y clara del origen del universo. No había nada, sólo existía Dios. Pero Él decidió crear todo lo que existe, imprimiéndole a las cosas las huellas de su inteligencia y sus propósitos. Las cosas creadas pueden cambiar y pasar. “La hierba se seca y la flor se cae.” Pero Dios es el Creador. Él es diferente y está por encima de todo cuanto existe. No tiene principio, ni fin, ni hay en él “sombra de variación”. Dios es “el que es”, el que siempre ha sido y el que siempre será. Él es el verdadero logos, la causa de todo, la explicación de todo, la base de todo.  

Hoy por hoy, la evangelización parte de ahí. Frente a los Heráclitos de todo el mundo y de todas las épocas, los creyentes declaramos el maravilloso descubrimiento de que existe de verdad un Creador. El mundo sí tiene sentido y el hombre es persona, creada a la imagen de su Hacedor. Hasta los ateos piensan y comunican su mensaje, porque ellos mismos son personas creadas a imagen por Dios y tienen la maravillosa facultad de hacer sus propias decisiones, que no son simplemente reacciones electro químicas de su máquina cerebral. No hay que desesperarse, ni porqué hundirse en apatía o indiferencia. No tenemos que vivir ahogando los impulsos más nobles del corazón en las pasiones más bajas de la carne, como si cualquier propósito o deseo excelso fuera una ilusión macabra. Dios existe, y esta gran máquina física a nuestro alrededor da testimonio de Su amor. No hay lugar para el pesimismo de los que piensan: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”. La primera gran noticia buena del evangelio es que Dios existe y que todo lo demás fue creado por él. ¡Irrumpe la esperanza y se potencia el futuro noble y glorioso de la humanidad! El Génesis es evangelio, excelente noticia para el hombre actual, obsesionado por las mentiras de los que le han dicho que todo es material, físico y mecánico. El escepticismo y el materialismo no son progreso. Son noticias funestas, además de fraudulentas. La verdadera buena noticia es que Dios sí existe.  

Caminos de Muerte

En la siguiente serie de tres cortos videos, donde reflexionamos sobre el curso del cristianismo desde Jesús hasta nuestros días, nos preguntamos si es menester retomar a estas alturas la directriz de Jesús y cómo hacerlo. Si gusta puede dejar sus comentarios haciendo un “clic” sobre la palabra “comments” abajo de los videos.

Video 1

 

Video 2

Video 3

On Sunday, August 4, 2007, as part of our yearly youth mission trip, we worshiped with our brethren in Monte Kristal, Mexico. It was an edifying and encouraging experience. This video shows a little of what happened that wonderful Sunday.

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