¿Qué nos impulsa en este mundo posmoderno a continuar hablando del evangelio? ¿Por qué queremos difundir por todos los medios posibles y de manera apremiante el mensaje de Jesús? Cualquier cristiano de seguro puede ofrecer varias respuestas convincentes a esta pregunta. Pero en estos días he pensado en el don precioso de la libertad. Ser humano es mantener en alguna parte de nuestro ser encendido el deseo de ser auténticamente libres. Todos los sistemas y regímenes opresivos y tiránicos del mundo han tenido que bregar a través de toda la historia con la incansable sed de libertad en el corazón de la gente. Quizás es por eso que el mensaje de Jesús siempre se abre paso en las situaciones más adversas y estériles. El tiene una poderosa palabra de liberación. Él es el verdadero camino hacia la libertad auténtica.
Realmente Jesús es el fundamento de cualquier libertad. Solamente su ejemplo y su enseñanza pueden garantizar la libertad verdadera. Pese a los descalabros del cristianismo institucionalizado, que en distintas formas se ha desviado de las pautas del Maestro, todos los logros que se han alcanzado en materia de libertades y derechos humanos descansan en la enseñanza de Jesucristo. Consideremos, por ejemplo, el siguiente párrafo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos:
“Sostenemos que las siguientes verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”
La fuerza de estos ideales descansa totalmente sobre el hecho de que existe de verdad un Creador, justo, misericordioso y bueno; tal como nos lo mostró Jesús. Si Jesús fuera falso y sus enseñanzas, mentira; no habría verdades evidentes, ni derechos inalienables, ni motivos para luchar por proteger y promover la vida, la libertad y la felicidad de todos los hombres. Cualquier visión de una sociedad justa y libre para todos se derrumbaría (como se derrumbaron los sistemas totalitarios comunistas), si todos aceptáramos la idea de un mundo sin Dios.
Niccoló de Machiavelli, en su tristemente famosa obra El Príncipe, formulaba su teoría política diciendo, entre otras casas: “triunfad aunque sea por los peores medios y acabarán por daros la razón.” En una forma cruda y espantosa, este filósofo y político del renacimiento, describe lo que deben ser las relaciones de los pueblos y el ejercicio del poder de los gobernantes en un mundo sin Dios. En su época, Machiavelli, se enfrentaba con la superficialidad y la hipocresía del cristianismo institucional. Frente a ello concluye que solo les queda a los gobernantes gobernar de la forma que sea. Hoy, vivimos en un mundo que prefiere no tomar en cuenta a Dios para nada. Muchos miran la Biblia con desprecio y consideran que las narraciones del evangelio son cuentos dulces para niños ingenuos. Sin embargo, tan pronto le damos la espalda a Dios, nos quedamos sin piso. Nos quedamos con un mundo más maquiavélico que Machiavelli.
Por eso, no cesamos de anunciar el evangelio. Nos esforzamos para darlo a conocer a cuantos podamos. Nos aferramos a creer en él y a vivirlo. Porque no queremos vivir sin libertad. Porque esperamos que, al sentirse asfixiados por la opresión, la gente de nuestro tiempo tenga el sentido común y la osadía para volverse a Jesús y alistarse en sus filas de liberación, que son la única esperanza.