Hemos escrito varios artículos sobre las ventajas que nos ofrece la tecnología moderna para llevar a cabo la misión evangelística que el Señor nos encomendó. Sin embargo, y aunque tal vez la necesidad de capacitación en esta área es urgente y apremiante, hay que partir de una premisa básica. Evangelizar es compartir la palabra poderosa, renovadora y transformadora de Dios. La evangelización no es el anuncio propagandístico de alguna ideología religiosa. No es ni siguiera la repetición del mensaje que proclamaron los discípulos en el primer siglo. No es la divulgación de un credo religioso. Evangelizar es ante todo cumplir nuestra tarea como siervos de Dios, movidos por la misma Palabra que creó el mundo antiguo y que ahora está creando los cielos nuevos y la tierra nueva, que son morada del hombre nuevo, el cual también es creado por la misma Palabra. Sin la Palabra creadora de Dios no hay evangelización.
El que evangeliza reconoce que la Palabra de Dios es viva y creadora. La voz de Dios es fuerza que produce de la nada y que cambia, recrea y reforma todo lo que existe. En el principio no había ni tierra, ni cielo, ni nada; pero por la palabra de Dios el cielo y la tierra llegaron a existir. En el principio el cielo y la tierra eran un caos total, pero por la Palabra de Dios; llegaron a convertirse en un mundo ordenado, donde puedo vivir el hombre creado para ser imagen y semejanza del Creador.
El hombre erró trágicamente su camino, y entonces no hubo esperanza ni vida real. Pero Dios habló y el camino de la esperanza se abrió otra vez. Así los hombres podemos de nuevo reflejar la imagen eterna de nuestro Hacedor. Evangelizar es oír esa Palabra de Dios y sentir su efecto transformador en nuestra vida. Evangelizar es hablar con Dios y hablar entre nosotros palabras que dan dirección e invitan a la acción. Evangelización es participación, diálogo, solidaridad, denuncia, proclamación de cambio y presagio de acontecimientos y nuevas realidades. Cuando evangelizamos anunciamos una buena noticia: Dios quiere hablar con nosotros para invitarnos (a pesar de nuestras rebeliones) a empezar de nuevo, formando parte de su nueva alianza. Y cuando hablamos inspirados y movidos por esa Palabra, evangelizamos porque nuestras palabras se vuelven a su vez acción y fuerza transformadora, que buscan insistentes la Palabra divina final.
Todo cristiano que desee seguir el camino de evangelización que trazó el maestro, debe partir de esta premisa básica. La evangelización puede darse en un campo lejano en el ambiente más rudimentario, o en medio de las mejores tecnologías emergentes; pero el proceso básico es el mismo: enfrentarse a la Palabra de Dios y responder así mismo con nuestra palabra humana, comprometida, solidaria y participativa, para crear posibilidades de renovación en las personas y en las comunidades que conforman.